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Del Capítulo 6 al 14

CONFESIÓN BAUTISTA DE FE 1689

 

Capítulo 6: La caída del hombre, el pecado y su castigo 

1. El hombre, según vino de la mano de Dios, su creador, era perfecto y limpio. La ley justa que Dios le dio hablaba de vida condicionada a su obediencia y amenazaba con muerte la desobediencia. (Gn. 2:16,17) La obediencia de Adán fue muy corta. Satanás usó la sutil serpiente para traer a Eva al pecado y entonces ella sedujo a Adán, quien sin ninguna fuerza de afuera, libremente violó la ley bajo la cual habían sido creados y también el mandamiento de Dios de no comer del fruto prohibido. (Gn. 3:12,13;2 Co. 11:3) Plugo a Dios, conforme a su sabio y santo propósito, permitir este pecado proponiéndose ordenarlo para su propia gloria.

2. Por este pecado, nuestros primeros padres cayeron de su justicia original y perdieron la comunión con Dios. El pecado de ellos nos envolvió a todos y a través de este pecado la muerte pasó a todos. (Ro. 3:23) Todos los hombres vinieron a ser muertos en pecado, (Ro. 5:12-21) y totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo. (Tit 1:15; Gn. 6:5; Jer. 17:9; Ro. 3:1-19).

3. Siendo ellos la raíz de la raza humana, y por la ordenanza de Dios estando Adán en el lugar de toda la humanidad, la culpa de este pecado fue imputada a su posteridad, y la naturaleza corrompida se transmitió a aquella que desciende de ellos según la generación ordinaria. (Ro. 5:12-19; 1 Co. 15:21,22,45,49) Todos los hombres, siendo concebidos en pecado, (Sal. 51:5; Job 14:4) y por naturaleza hijos sujetos a la ira de Dios, (Ef. 2:3 9) siervos del pecado y sujetos a la muerte, (Ro. 6:20; 5:12) son dados a inexplicables miserias espirituales, temporales y eternas, a no ser que el Señor Jesucristo los libere. (He.2:14,15; 1Ti. 1:10).

4. De esta corrupción original, por la cual carecemos de disposición y aptitud para todo bien y estamos opuestos a este bien, así como enteramente inclinados a todo mal, (Ro. 8:7; Col. 1:21) dimanan todas nuestras transgresiones actuales. (Stg. 1:14; Mt. 15:19).

5. Esta corrupción de naturaleza dura toda esta vida aun en aquellos que son regenerados; (Ro. 7:18,23; Ec. 7:20; 1Jn. 1:8) y, aun cuando sea perdonada y amortiguada por medio de la fe en Cristo, sin embargo, ella, y todos los efectos de ella son verdadera y propiamente pecado. (Ro. 7:23-25; Gá. 5:17).

Capítulo 7: El pacto de Dios

1. La distancia que media entre Dios y la criatura es tan grande, que aun cuando las criaturas racionales le deben obediencia como a su creador, sin embargo, ellas no podrán nunca llegar a vida espiritual, si no es por alguna condescendencia voluntaria de parte de Dios, habiéndole placido a éste expresarla por medio de un pacto. (Lc. 17:10; Job 35:7,8).

2. Además, ya que el hombre, por razón de su caída en el pecado, se colocó a sí mismo bajo la maldición de la ley de Dios, (Gn. 2:17; Gá. 3:10) le plació al Señor hacer un pacto de gracia, según el cual Dios ofrece libremente a los pecadores vida y salvación por Jesucristo, (Ro. 8:3;Mr. 16:15,16; Jn. 3:16) exigiéndoles la fe en éste para que puedan ser salvos, y prometiendo dar su Espíritu Santo a todos aquellos que ha ordenado para vida eterna, dándoles así voluntad y capacidad para creer. (Ez. 36:26,27; Jn.6:44,45; Sal. 110:3).

3. El pacto de Dios es revelado en el evangelio; en primer lugar a Adán en la promesa de salvación a través de la simiente de la mujer, (Gn. 3:15) y luego, paso a paso hasta la entera revelación de salvación en el Nuevo Testamento.(He. 1:1) La salvación de los elegidos está basada en un pacto de redención que fue trazado en la eternidad entre Dios Padre e Hijo, (2Ti. 1:9; Tit. 1:2) y es únicamente a través de la gracia dada en este pacto que todos los descendientes del Adán caído, quienes han sidos salvados, han obtenido vida e inmortalidad bendita, pues los términos de bendición que aplicaban a Adán en su estado de inocencia no son aplicables a su posteridad para hacerles aceptables ante Dios. (He.11:6,13; Ro.4:1,2, etc.; Hch.4:12; Jn.8:56).

Capítulo 8: Cristo el mediador

1. Agradó a Dios en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesucristo, su unigénito Hijo, de acuerdo al pacto en el cual habían entrado, para que fuese el mediador entre Dios y el hombre, (Is.42-1; 1 P. 1:19,20) como tal, él es profeta, (Hch. 3:22)sacerdote (He. 5:5,6) y rey, (Sal 2:6) el salvador y cabeza de su Iglesia,(Ef. 1:22,23) el heredero de todas las cosas, (He.1:2) y juez mundo; (Hch. 17:31) desde la eternidad le de todo el dio Dios un pueblo para que fuese su simiente y para que a su debido tiempo lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara. (Is. 53:10; Jn. 17:6; Ro. 8:30).

2. El Hijo de Dios, la segunda persona de la Santa Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, la brillantez de la gloria de su Padre, igual y de una sustancia con Él, quien hizo el mundo y mantiene y gobierna todas las cosas que ha hecho, habiendo llegado la plenitud del tiempo, tomó sobre si la naturaleza del hombre con todas sus propiedades esenciales y con sus debilidades comunes,(Jn. 1:14; Gá. 4:4) mas sin pecado. (Ro. 8:3; He. 2:14, 16, 17; He. 4:15) Fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de la Virgen Maria, una mujer perteneciente a la tribu de Judá. El Espíritu Santo vino sobre ella y el poder de Dios la cubrió. Y así, según las Escrituras, fue hecho él de una mujer, descendiente de Abraham y David. (Mt. 1:22,23; Lc.1:27, 31, 35) Así que, dos naturalezas perfectas y distintas, se unieron inseparablemente en una persona, pero sin conversión, composición o confusión alguna. Esta persona es verdadero Dios y verdadero hombre, un Cristo, el único mediador entre Dios y el hombre. (Ro. 9:5; 1Ti.2:5). 

3. El Señor Jesús, en su naturaleza humana unida así a la divina, en la persona del Hijo, fue ungido y santificado con el Espíritu Santo sobre toda medida, (Sal. 45:7; Hch. 10:38; Jn 3:34) y posee todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, (Col. 2:3) pues agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, (Col 1:19) a fin de que siendo santo, inocente, inmaculado, (He. 7:26) lleno de gracia y de verdad, (Jn.1:14) fuese del todo apto para desempeñar los oficios de mediador y fiador.(He. 7:22)Cristo no tomó por sí mismo estos oficios, sino que fue llamado para ello por su Padre, (He. 5:5) quien puso en él todo juicio y poder, y le autorizó para que desempeñara tales oficios. (20 Jn. 5:22,27; Mt. 28:18; Hch. 2:36).

4. El Señor Jesús, con la mejor voluntad tomó para si estos oficios, (Sal. 40:7,8; He. 10:5-10; Jn. 5:18) y para desempeñarlos, se puso bajo la ley, (Gá. 4:4; Mt. 3:15) la que cumplió perfectamente. También sufrió el castigo que nos tocaba a nosotros y que debíamos haber sufrido, (Gá 3:13; Is.53:6; 1 P. 3:18) pues él llevó nuestros pecados y fue acusado en nuestro lugar. (2 Co. 5:21) Padeció dolores en su alma más allá de nuestro entendimiento y los más grandes sufrimientos en su cuerpo: (Mt. 26:37,38; Lc 22:44; Mt. 27:46) fue crucificado y murió, y permaneció bajo el poder de la muerte, aun cuando no vio corrupción. (Hch.13:37) Al tercer día se levantó de entre los muertos (1 Co. 15:3,4) con el mismo cuerpo que tenía cuando sufrió, (Jn. 20:25,27) con el cual también ascendió al cielo (Mr.16:19; Hch. 1:9-11) donde se sentó a la diestra del Padre. Allí intercede por su pueblo, (Ro 8:34; He.9:24) y cuando sea el fin del mundo, volverá para juzgar a los hombres y a los ángeles. (Hch. 10:42; Ro. 14:9,10; Hch. 1:11;2 P. 2:4).

5. El Señor Jesucristo, por su perfecta obediencia y por el sacrificio de sí mismo que ofreció una sola vez por el Espíritu eterno de Dios, ha satisfecho plenamente a la justicia de Dios. (He. 9:14; Ro. 10:14; Ro. 3:25,26) El ha efectuado la reconciliación y ha comprado una herencia eterna en el reino de los cielos para todos aquellos dados a él por el Padre. (Jn. 17:2; He.9:15).

6. Aun cuando el precio de la redención no fue actualmente pagado, sino hasta la encarnación, sin embargo, la virtud, la eficacia y los beneficios de ella, se comunicaban a los escogidos en todas las épocas transcurridas desde el principio, en las promesas, tipos y sacrificios, y por medio de estas cosas, por las cuales Cristo fue revelado y designado como la simiente que quebrantaría la cabeza de la serpiente, (1 Co. 10:4; He. 4:2; 1 P. 1:10,11) y como el cordero inmolado desde la fundación del mundo; (Ap. 13:8)siendo él, el mismo ayer, hoy y por siempre. (He. 13:8).

7. Cristo en su oficio de mediador, obra; conforme a sus dos naturalezas, haciendo por cada una de éstas lo que es propio de cada una de ellas; mas por razón de la unidad de la persona, lo que es propio de una naturaleza, se le atribuye algunas veces en la Escritura a la persona denominada por la otra naturaleza. (Jn.3:13;  Hch. 20:28).

8. A todos aquellos para quienes Cristo ha obtenido eterna redención, cierta y eficazmente les aplica y comunica la misma, haciendo intercesión por ellos, (Jn 6:37; Jn. 10:15,16; Jn. 17:9; Ro. 5:10) uniéndoles a él por su Espíritu, revelándoles en la palabra y por medio de ella el misterio de la salvación, persuadiéndoles eficazmente a creer y a obedecer,  (Jn.17:6;Ef. 1:9;1 Jn. 5:20)gobernando el corazón de ellos por su palabra y Espíritu, (Ro. 8:9,14) y venciendo a todos sus enemigos por su gran poder y sabiduría, (Sa1. 110:1; 1 Co. 15:25,26) y de la manera y por los caminos que están más en conformidad con su maravillosa e inescrutable dispensación. Todas estas cosas son hechas en su libre y soberana gracia e incondicionalmente, ya que nada de mérito es previsto por él en sus elegidos. (Jn 3:8; Ef. 1:8) eterno de Dios, ha satisfecho plenamente a la justicia de Dios. (He. 9:14; He. 10:14; Ro. 3:25,26) El ha efectuado la reconciliación y ha comprado una herencia eterna en el reino de los cielos para todos aquellos dados a él por el Padre. (Jn. 17:2; He.9:15).

9. Cristo, y Solo Cristo puede ser mediador entre Dios y los hombres. El es el profeta, sacerdote y rey de la Iglesia de Dios. Su oficio de mediador no puede ser transferido a ningún Otro.

10. El triple oficio de Cristo es necesario para nosotros. Por nuestra ignorancia estamos en necesidad de su oficio profético; (Jn.1:18)por nuestra separación de Dios y la imperfección de nuestros servicios, aun cuando sean lo mejor, necesitamos su oficio sacerdotal para reconciliarnos con Dios y hacernos aceptables a él; (Col. 1:21; Gá. 5:17) y debido a que nosotros hemos dado la espalda a Dios y estamos completamente incapacitados para volver a él y también porque necesitamos ser rescatados y asegurados de nuestros adversarios espirituales, necesitamos su oficio como rey para convencer, controlar, atraer, sostener, librar y preservarnos hasta que finalmente entremos en su reino celestial. (Jn. 16:8; Sal. 110:3; Lc. 1:74,75).

Capítulo 9: El libre albedrío

1. Dios ha dotado la voluntad del; hombre de una y un libertad natural, poder para actuar a base de decisión propia, que no es forzada ni obligada a hacer bien o mal, por ninguna necesidad de la naturaleza. (Mt. 17:12; Stg. 1:14; Dt.30:19).

2. El hombre en su estado de inocencia, tenía libertad y poder para querer y hacer lo que era bueno y agradable a Dios, (Ec. 7:29; Gn. 3:6) pero era mutable y podía caer de dicho estado

3. El hombre, por su caída a un estado de pecado, perdió completamente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación. (Ro. 5:6; 8:7) Así es que como hombre natural que está enteramente opuesto a ese bien y muerto en el pecado (Ef.2:1,5) no puede por su propia fuerza convertirse a sí mismo o prepararse para ello. (Tit. 3:3-5; Jn. 6:44)

4. Cuando Dios convierte a un pecador y le pone en el estado de gracia, le libra de su estado de servidumbre natural bajo el pecado, (Col. 1:13; Jn. 8:36) y por su gracia solamente lo capacita para querer y obrar libremente lo que es bueno en lo espiritual; (Fil. 2:13) sin embargo, por razón de la corrupción que aún queda, el converso no quiere ni perfecta ni únicamente lo que es bueno, sino también lo que es malo. (Ro. 7:15, 18, 19, 21, 23)

5. El libre albedrío del hombre será perfecto y inmutablemente libre para querer tan sólo lo que es bueno, únicamente en el estado de la gloria. (Ef. 4:13).

Capítulo 10: El llamamiento eficaz

1. A aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, le agrada en su tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente (Ro. 8:30; 11:7; Ef. 1:10,11; 2Ts.2:13,14) por su palabra y Espíritu, sacándolos del estado de pecado y muerte en que se hallaban por naturaleza para darles vida y salvación por Jesucristo. (Ef. 2:16) Esto lo hace iluminando espiritualmente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios; (Hch. 26:18; Ef. 1:17,18) quitándoles el corazón de piedra y dándoles uno de carne, (Ez.36:26) renovando sus voluntades y por su poder soberano determinándoles a hacer aquello que es bueno, y llevándoles eficazmente a Jesucristo; (Dt. 30.6; Ez. 36:27; Ef. 1:19) de tal manera que ellos vienen con absoluta libertad, habiendo recibido por la gracia de Dios la voluntad de hacerlo. (Sal. 110:3; Cnt. 1:4).

2. Este llamamiento eficaz depende de la libre y especial gracia de Dios y de ninguna manera de alguna cosa prevista en el hombre, (2 Ti 1:9; Ef 2:8) el cual es en esto enteramente pasivo, hasta que siendo vivificado y renovado por el Espíritu Santo, (1 Co. 2:14; Ef. 2:5; Jn. 5:25) adquiere la capacidad de responder a este llamamiento y de recibir la gracia ofrecida y trasmitida en él. Esto sucede por el mismo poder que obró la resurrección de Cristo de los muertos. (Ef.1:19,20)

3. Los niños elegidos (Elegidos no aparece en la versión original) que mueren en la infancia, son regenerados y salvados en Cristo por medio del Espíritu, (Jn 3:3, 5, 6) quien obra cuándo, dónde y cómo quiere. (Jn. 3:8) Lo mismo sucederá con todas las personas elegidas que sean incapaces de ser llamadas externamente por el ministerio de la palabra.

4. Otras personas no elegidas, aun cuando sean llamadas por el ministerio de la palabra y tengan algunas de las operaciones comunes del Espíritu, (Mt. 22:14; Mt.13:20,21; He. 6:4,5 ) como no son efectivamente traídos por el Padre, no pueden ni quieren venir verdaderamente a Cristo, y por lo mismo no pueden ser salvas; (Jn 6:44,45,65) mucho menos pueden los que no reciben la religión cristiana, salvarse de alguna otra manera, aun cuando sean diligentes en ajustar sus vidas a la luz de la naturaleza y a la ley de la religión que profesan. (Hch. 4:12; Jn. 4:22; 17:3).

Capítulo 11: La justificación

1. A los que Dios llama de una manera eficaz, también justifica gratuitamente, (Ro. 3.24; 8.30) no por infundir justicia en ellos sino por perdonarles sus pecados; reputando y aceptando sus personas como justas, (Ro. 4.5-8; Ef. 1.7) no por algo hecho en ellos o por ellos, sino solamente por amor de Cristo, (1Co1.30-31; Ro. 5.17-19) no por imputarles como justicia propia la fe, ni el acto de creer, ni alguna otra obediencia evangélica, sino por imputarles la obediencia activa de Cristo rendida a la ley divina y su obediencia pasiva rendida en su muerte para ser la completa y única justicia; (Fil. 3.8,9; Ef.2.8-10) y ellos por la fe reciben y descansan en él y en su justicia. Esta fe no la tienen de sí mismos porque es un don de Dios. (Jn. 1.12; Ro.5.17).

2. La fe que recibe a Cristo y descansa en él y en su justicia, es el único medio para alcanzar la justificación. (Ro.3.28) Sin embargo, no se halla sola en la persona justificada, sino que siempre va acompañada de todas las demás gracias salvadoras y no es una fe muerta, sino que obra por el amor. (Ga.5.6; Stg.2.17, 22, 26)

3. Cristo por su obediencia y muerte, pagó completamente la deuda de todos aquellos que son así justificados. Por el sacrificio de si mismo en el derramamiento de su sangre en la cruz, sufriendo en el lugar de ellos el castigo que merecieron, hizo una apropiada, verdadera y plena satisfacción a la justicia de Dios a favor de ellos. (He. 10.14; 1P.1.18-19; Is.53.5-6) sin embargo, como Cristo fue dado por el Padre para ellos, y su obediencia y satisfacción fueron aceptadas en lugar de la de ellos, y esto gratuitamente y no por alguna cosa de los mismos, (Ro.8.32; 2co.5.21) resulta que su justificación es sólo por la libre gracia, para que tanto la exacta justicia como la rica gracia de Dios puedan ser glorificadas en la justificación de los pecadores. (Ro.3.26; Ef.1.6-7; 2.7)

4. Desde la eternidad, Dios decretó justificar a todos los elegidos; (Ro.3.8, 1P.1.2; 1Ti.2.6) y en el cumplimiento del tiempo, Cristo murió por sus pecados, y resucitó para su justificación. (Ro.4.25) Sin embargo, ellos no son justificados personalmente sino hasta que Cristo les es realmente aplicado, por el Espíritu Santo, en el debido tiempo.(Col. 1.21-22; Tit.3.4-7)

5. Dios continúa perdonando los pecados de aquellos que son justificados; (Mt.6.12; 1Jn.1.7, 9) y aunque ellos nunca pueden caer del estado de justificación, (Jn.10.28)sin embargo pueden, por sus pecados, caer bajo el desagrado paternal de Dios (Sal. 89.31-33) y, en tal caso, no tener la luz de su rostro restaurado sobre ellos usualmente hasta que se humillen, confiesen sus pecados, pidan perdón y renueven su fe y arrepentimiento. (Sal. 32.5; Mt.26.75).

6. La justificación de los creyentes bajo el Antiguo Testamento, fue en todos sentidos una y la misma que la de los creyentes bajo el Nuevo. (Ga.3.9; Ro. 4.22-24).

Capítulo 12: La adopción

1. A todos aquellos que son justificados, (Gá. 3:24-26) Dios se dignó, (1 Jn. 3:1-3) en su único Hijo Jesucristo y por amor de éste, (Ef. 1:5; Gá 4:4,5; Ro. 8:17,29) hacerles partícipes de la gracia de la adopción, por la cual son incluidos en el numero de los hijos de Dios y gozan de sus libertades y privilegios, tienen su nombre escrito sobre ellos, (Ro.8:17; Jn.1:12; 2Co.6:18; Ap3:12) reciben el espíritu de adopción, (Ro. 8:15; Ef. 3:12; Ro. 5:2; Gá. 4:6; Ef.2:18) tienen acceso al trono de la gracia con confianza, se les capacita para clamar: "Abba, Padre,"' se les compadece, protege, provee y corrige como por un Padre, pero nunca se les desecha, sino que son sellados para el día de la redención, (Sal. 103:13; Pr. 14:26; Mt. 6:30,32; 1 P. 5:7; He. 12:6; Is. 54:8,9; Lm. 3:31; Ef. 4:30) y heredan las promesas como herederos de la salvación eterna. (Ro. 8:17; He. 1:14; 9:15).

 

Capítulo 13: La santificación

1. Aquellos que son unidos a Cristo, llamados eficazmente y regenerados, teniendo un nuevo corazón y un nuevo espíritu, creados en ellos en virtud de la muerte y la resurrección de Cristo, (Jn. 3:3-8; 1 Jn. 2:29; 3:9,10; Ro. 1:7; 2 Co. 1:1; Ef. 1:1; Fil. 1:1; Col. 3:12; Hch. 20:32; 26:18; Ro. 15:16; 1 Co. 1:2; 6:11; Ro. 6:1-11 2. 1; 1Ts. 5:23; Ro. 6:19; 1Co. 6:11; Hch. 20:32; Fil. 3:10; Ro. 6:5,6 4) son aún más santificados de un modo real y personal, (Jn. 17:17; Ef. 5:26; 3:1-19; Ro. 8:13;5) mediante la misma virtud, (Ro. 6:14) por su Palabra y Espíritu que moran en ellos; (Gá. 5:24; Ro. 8:13) el dominio del cuerpo entero del pecado es destruido, y las diversas concupiscencias del mismo son debilitadas y mortificadas más y más, y ellos son más y más vivificados y fortalecidos en todas las virtudes salvadoras, para la práctica de toda verdadera santidad, (Gá. 5:24; Ro. 8:13) sin la cual nadie verá al Señor. (Col. 1:11; Ef. 3:1;19; 2Co. 7:1; Ro. 6:13; Ef. 4:22-25; Gá. 5:17; Ro. 12:14).

2. Esta santificación se efectúa en todo el hombre, aunque es incompleta en esta vida; todavía quedan algunos remanentes de corrupción en todas partes, (1 Ts. 5:23; 1 Jn. 1:8,10) de donde surge una continua e irreconciliable guerra: (Ro. 7:18,23; Fil. 3:12; 1 Co. 9:24-27; 1Ti.1:18; 6:12; 2Ti. 4:7) la carne lucha contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne.(Gá. 5:17; 1P. 2:11)

3. En dicha guerra, aunque la corrupción que aún queda prevalezca mucho por algún tiempo, (Ro. 7:23) la parte regenerada triunfa a través de la continua provisión de fuerzas por parte del Espíritu santificador de Cristo; (Ro. 6:14; 1 Jn. 5:4) y así los santos crecen en la gracia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios, prosiguiendo una vida celestial, en obediencia evangélica a todos los mandatos que Cristo, como Cabeza y Rey, les ha prescrito en su Palabra. (Ef. 4:15,16; 2 P. 3:18; 2 Co. 7:1; 3:18; Mt. 28:20).

Capítulo 14: La fe salvadora

1. La gracia de la fe, por la cual se capacita a los elegidos para creer para la salvación de sus almas, es la obra del Espíritu de Cristo en sus corazones, y ordinariamente se realiza por el ministerio de la Palabra; (Jn. 6:37, 44; Hch. 11:21,24; 13:48; 14:27; 15:9; 2 Co. 4:13; Ef. 2:8; Fil. 1:29; 2 Ts. 2:13; 1 P. 1:2) por la cual, y por la administración del bautismo y la Cena del Señor, la oración y otros medios designados por Dios, esa fe aumenta y se fortalece. (Ro. 10:14,17; Lc. 17:5; Hch. 20:32; Ro. 4:11; 1 P. 2:2).

2. Por esta fe, el cristiano cree que es verdadero todo lo revelado en la Palabra por la autoridad de Dios mismo, y también percibe en ella una excelencia superior a todos los demás escritos y todas las cosas en el mundo, pues muestra la gloria de Dios en sus atributos, la excelencia de Cristo en su naturaleza y oficios, y el poder y la plenitud del Espíritu Santo en sus obras y operaciones; y de esta forma, el cristiano es capacitado para confiar su alma a la verdad así creída; (Hch. 24:14; 1 Ts. 2:13; Sal. 19:7-10; 119:72) y también actúa de manera diferente según sea el contenido de cada pasaje en particular: produciendo obediencia a los mandatos, (Jn. 15:14; Ro. 16:26) temblando ante las amenazas, (Is. 66:2 4) y abrazando las promesas de Dios para esta vida y para la venidera; (1 Ti. 4:8; He. 11:13) pero las principales acciones de la fe salvadora tienen que ver directamente con Cristo: aceptarle, recibirle y descansar sólo en Él para la justificación, santificación y vida eterna, en virtud del pacto de gracia. (Jn. 1:12; Hch. 15:11; 16:31; Gá. 2:20).

3. Esta fe, aunque sea diferente en grados y pueda ser débil o fuerte, (Mt. 6:30; 8:10,26; 14:31; 16:8; Mt. 17:20; He. 5:13,14; Ro. 4:19,20) es, sin embargo, aun en su grado mínimo, diferente en su clase y naturaleza (como lo es toda otra gracia salvadora) de la fe y la gracia común de aquellos creyentes que sólo lo son por un tiempo; (Stg. 2:14; 2 P. 1:1; 1 Jn. 5:4) y consecuentemente, aunque muchas veces sea atacada y debilitada, resulta, sin embargo, victoriosa, (Lc. 22:31,32; Ef. 6:16; 1 Jn. 5:4,5 ) creciendo en muchos hasta obtener la completa seguridad a través de Cristo, quien es tanto el autor como el consumador de nuestra fe.(Sal. 119:114; He. 6:11,12; 10:22,23 5. He. 12:2).