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CONFESIÓN BAUTISTA DE FE 1689

Del Capítulo 15 al 23

 

Capítulo 15: El arrepentimiento para vida y salvación

1. A aquellos de los elegidos que se convierten en la madurez, habiendo vivido por algún tiempo en el estado natural, (Tit. 3:2-5) y habiendo servido en el mismo a diversas concupiscencias y placeres, Dios, al llamarlos eficazmente, les da arrepentimiento para vida. (2 Cr. 33:10-20; Hch. 9:1-19; 16:29,30).

2. Si bien no hay nadie que haga el bien y no peque, (Sal. 130:3; 143:2; Pr.20:9; Ec. 7:20) y los mejores hombres, mediante el poder y el engaño de la corrupción que habita en ellos, junto con el predominio de la tentación, pueden caer en grandes pecados y provocaciones, (2 S.11:1-27; Lc. 22:54-62) Dios, en el pacto de gracia, ha provisto misericordiosamente que los creyentes que pequen y caigan de esta manera sean renovados mediante el arrepentimiento para salvación. (Jer. 32:40; Lc. 22:31,32; 1 Jn. 1:9).

3. Este arrepentimiento para salvación es una gracia evangélica (Hch.5:31; 11:18;2Ti.2:25) por la cual una persona a quien el Espíritu hace consciente de las múltiples maldades de su pecado, (Sal. 51:1-6; 130:1-3; Lc. 15:17-20; Hch. 2:37,38) mediante la fe en Cristo (Sal. 130:4; Mt. 27:3-5; Mr. 1:15) se humilla por él con una tristeza que es según Dios, abominación de él y aborrecimiento de sí mismo, orando por el perdón y las fuerzas que proceden de la gracia, (Ez. 16:60-63; 36:31,32; Zc. 12:10; Mt. 21:19; Hch. 15:19; 20:21; 26:20; 2 Co. 7:10,11; 1 Ts. 1:9) con el propósito y empeño, mediante la provisión del Espíritu, de andar delante de Dios para agradarle en todo. (Pr. 28:13; Ez. 36:25; 18:30,31; Sal. 119:59, 104, 128; Mt. 3:8; Lc. 3:8; Hch. 26:20; 1 Ts. 1:9).

4. Puesto que el arrepentimiento ha de continuar a lo largo de toda nuestra vida, debido al cuerpo de muerte y sus inclinaciones, (Ez. 16:60; Mt. 5:4; 1 Jn. 1:9) es por tanto el deber de cada hombre arrepentirse específicamente de los pecados concretos que conozca. (Lc. 19:8; 1 Ti. 1:13,15).

5. Tal es la provisión que Dios ha hecho a través de Cristo en el pacto de gracia para la preservación de los creyentes para salvación que, si bien no hay pecado tan pequeño que no merezca la condenación, (Sal. 130:3; 143:2; Ro. 6:23)(Is. 1:16-18; 55:7; Hch. 2:36-38).

 

Capítulo 16: Las buenas obras

1. Las buenas obras son solamente aquellas que Dios ha ordenado en su santa Palabra (Mi. 6:8; Ro. 12:2; He. 13:21; Col. 2:3; 2 Ti. 3:16,17) y no las que, sin la autoridad de ésta, han inventado los hombres por un fervor ciego o con cualquier pretexto de buenas intenciones. (Mt. 15:9 con Is. 29:13; 1 P. 1:18; Ro. 10:2; Jn. 16:2; 1 5. 15:21-23; 1 Co. 7:23; Gá. 5:1; Col. 2:8, 1, 23).

2. Estas buenas obras, hechas en obediencia a los mandamientos de Dios, son los frutos y evidencias de una fe verdadera y viva; (Stg. 2:18,22; Gá. 5:6; 1 Ti. 1:5) y por ellas los creyentes manifiestan su gratitud, (Sal. 116:12-14; 1 P. 2:9,12; Lc. 7:36-50 con Mt. 26:1-11) fortalecen su seguridad, (1 Jn. 2:3,5; 3:18,19; 2 P. 1:5-11)edifican a sus hermanos, (2 Co. 9:2; Mt. 5:16)adornan la profesión del evangelio, (Mt. 5:16; Tit. 2:5,9-12; 1 Ti. 6:1; 1 P. 2:12) tapan la boca de los adversarios,(1P. 2:12,15; Tit. 2:5; 1 Ti. 6:1) y glorifican a Dios, cuya hechura son, creados en Cristo Jesús para ello, (Ef. 2:10; Fil. 1:11; 1 Ti. 6:1; 1 P. 2:12; Mt. 5:16) para que teniendo por fruto la santificación, tengan como fin la vida eterna. (Ro. 6:22; Mt. 7:13, 14, 21-23).

3. La capacidad que tienen los creyentes para hacer buenas obras no es de ellos mismos en ninguna manera, sino completamente del Espíritu de Cristo. Y para que ellos puedan tener esta capacidad, además de las virtudes que ya han recibido, se necesita una influencia efectiva del mismo Espíritu Santo para obrar en ellos tanto el querer como el hacer por su buena voluntad; (Ez. 36:26,27; Jn. 15:4-6; 2 Co. 3:5; Fil. 2:12,13; Ef. 2:10) sin embargo, no deben volverse negligentes por ello, como si no estuviesen obligados a cumplir deber alguno aparte de un impulso especial del Espíritu, sino que deben ser diligentes en avivar la gracia de Dios que está en ellos. (Ro. 8:14; Jn. 3:8; Fil. 2:l2,13;2P. 1:10; He. 6:l2;2Ti. l:6;Jud.20,21).

4. Quienes alcancen el mayor grado de obediencia posible en esta vida quedan tan lejos de llegar a un grado supererogatorio, y de hacer más de lo que Dios requiere, que les falta mucho de lo que por deber están obligados a hacer. (1 R. 8:46; 2Cr. 6:36; Sal. 130:3; 143:2; Pr. 20:9; Ec. 7:20; Ro. 3:9,23; 7:14 Ss.; Gá. 5:17; 1 Jn. 1:6-10; Lc. 17:10).

5. Nosotros no podemos, por nuestras mejores obras, merecer el perdón del pecado o la vida eterna de la mano de Dios, a causa de la gran desproporción que existe entre nuestras obras y la gloria que ha de venir, (Ro. 8:18) y por la distancia infinita que hay entre nosotros y Dios, a quien no podemos beneficiar por dichas obras, ni satisfacer la deuda de nuestros pecados anteriores; pero cuando hemos hecho todo lo que podemos, no hemos sino cumplido con nuestro deber y somos siervos inútiles; (Job 22:3; 35:7, Lc. 17:10; Ro. 4:3; 11:3) y tanto en cuanto son buenas proceden de su Espíritu; (Gá. 5:22,23) y en cuanto son hechas por nosotros, son impuras y están mezcladas con tanta debilidad e imperfección que no pueden soportar la severidad del castigo de Dios. (1 R. 8:46; 2 Cr. 6:36; Sal. 130:3; 143:2; Pr. 20:9; Ec. 7:20; Ro. 3:9,23; 7:l4ss.; Gá. 5:17; 1 Jn. 1:6-10).

6. No obstante, por ser aceptadas las personas de los creyentes por medio de Cristo, sus buenas obras también son aceptadas en Él; (Ex. 28:38; Ef. 1:6,7; 1 P. 2:5) no como si fueran en esta vida enteramente irreprochables e irreprensibles a los ojos de Dios; (1 R. 8:46; 2 Cr. 6:36; Sal. 130:3; 143:2; Pr. 20:9; Ec. 7:20; Ro. 3:9,23; 7;l4ss.; Gá. 5:17; 1 Jn. 1:6-10) sino que a Él, mirándolas en su Hijo, le place aceptar y recompensar aquello que es sincero aun cuando esté acompailado de muchas debilidades e imperfecciones. (He. 6:10; Mt. 25:21,23).

7. Las obras hechas por hombres no regenerados, aunque en sí mismas sean cosas que Dios ordena, y de utilidad tanto para ellos como para otros, (1 R. 21:27-29; 2 R. 10:30,31; Ro. 2:14; Fil. 1:15-18) sin embargo, por no proceder de un corazón purificado por la fe (Ga. 4:5 con He. 11:4,6; 1 Ti. 1:5; Ro. 14:23; Gá. 5:6) y no ser hechas de una manera correcta de acuerdo con la Palabra, (1 Co. 13:3; Is. 1:12) ni para un fin correcto (la gloria de Dios (Mt. 6:2,5,6; 1 Co. 10:31), son, por tanto, pecaminosas, y no pueden agradar a Dios ni hacer a un hombre digno de recibir gracia por parte de Dios. (Ro. 9:16; Tit. 1:15; 3:5) Y a pesar de esto, el hecho de que descuiden las buenas obras es más pecaminoso y desagradable a Dios. (1R. 21:27-29; 2 R. 10:30,31; Sal. 14:4; 36:3).

 

Capítulo 17: La Perseverancia de los Santos

1. Aquellos a quienes Dios ha aceptado en el Amado, y ha llamado eficazmente y santificado por su Espíritu, y a quienes ha dado la preciosa fe de sus elegidos, no pueden caer ni total ni definitivamente del estado de gracia, sino que ciertamente perseverarán en él hasta el fin, y serán salvos por toda la eternidad, puesto que los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables, por lo que Él continúa engendrando y nutriendo en ellos la fe, el arrepentimiento, el amor, el gozo, la esperanza y todas las virtudes del Espíritu para inmortalidad; (Jn. 10:28,29; Fil. 1:6; 2 Ti. 2:19; 2 P.1:5-10; 1 Jn. 2:19) y aunque surjan y les azoten muchas tormentas e inundaciones, nunca podrán, sin embargo, arrancarles del fundamento y la roca a que por la fe están aferrados; a pesar deque, por medio de la incredulidad ylas tentaciones de Satanás, la visión perceptible de la luz y el amor de Dios puede nublárseles y oscurecérseles por un tiempo, (Sal. 89:31,32; 1 Co. 11:32; 2 Ti. 4:7) Él, sin embargo, es aún el mismo, y ellos serán guardados, sin duda alguna, por el poder de Dios para salvación, en la que gozarán de su posesión adquirida, al estar ellos esculpidos en las palmas de sus manos y sus nombres escritos en el libro de la vida desde toda la eternidad. (Sal. 102:27; Mal. 3:6; Ef. 1:14; 1 P. 1:5; Ap. 13:8).

2. Esta perseverancia de los santos depende no de su propio libre albedrío, (Fil. 2:12,13; Ro. 9:16; Jn. 6:37,44) sino de la inmutabilidad del decreto de elección, (Mt. 24:22,24,31; Ro. 8:30; 9:11,16; 11:2,29; Ef. 1:5-11) que fluye del amor libre e inmutable de Dios el Padre, sobre la base de la eficacia de los méritos y la intercesión de Jesucristo y la unión con Él, (Ef. 1:4; Ro. 5:9,10; 8:31-34; 2 Co. 5:14; Ro. 8:35-38; 1 Co. 1:8,9; Jn. 14:19; 10:28,29) del juramento de Dios, (He. 6:1-20) de la morada de su Espíritu, de la simiente de Dios que está en los santos, (1 Jn. 2:19,20,27; 3:9; 5:4,18; Ef. 1:13; 4:30; 2 Co. 1:22; 5:5; Ef. 1:14) y de la naturaleza del pacto de gracia, (Jer.31:33,34; 32:40; He. 10:11-18; 13:20,21) de todo lo cual surgen también la certeza y la infalibilidad de la perseverancia.

3. Y aunque los santos (mediante la tentación de Satanás y del mundo, el predominio de la corrupción que queda en ellos y el descuido de los medios para su preservación) caigan en pecados graves y por algún tiempo permanezcan en ellos (Mt. 26:70,72,74) (por lo que incurren en el desagrado de Dios y entristecen a su Espíritu Santo, (Sal. 38:1-8; Is. 64:5-9; Ef. 4:30; 1 Ts. 5:14) se les dallan sus virtudes y consuelos, (Sal. 51:1-12) se les endurece el corazón y se les hiere la conciencia, (Sal. 32:3,4; 73:21,22) lastiman y escandalizan a otros (2 S.12:14; 1 Co. 8:9-13; Ro. 14:13-18; 1 Ti. 6:1,2; Tit. 2:5) y se acarrean juicios temporales (2 5. 12:14; Gn. 19:30-38; 1 Co. 11:27-32) ), sin embargo, renovarán su arrepentimiento y serán preservados hasta el fin mediante la fe en Cristo Jesús. (Lc. 22:32,61,62; 1 Co. 11:32; 1 Jn. 3:9; 5:18).

 

Capítulo 18: La Seguridad de la Gracia y de la Salvación

1. Aunque los creyentes que lo son por un tiempo y otras personas no regeneradas vanamente se engañen a sí mismos con esperanzas falsas y presunciones carnales de hallarse en el favor de Dios y en estado de salvación (pero la esperanza de ellos perecerá) (Jer. 17:9; Mt. 7:21-23; Lc. 18:10-14; Jn. 8:41; Ef. 5:6,7; Gá. 6:3,7-9), sin embargo, los que creen verdaderamente en el Señor Jesús y le aman con sinceridad, esforzándose por andar con toda buena conciencia delante de Él, pueden en esta vida estar absolutamente seguros de hallarse en el estado de gracia, y pueden regocijarse en la esperanza de la gloria de Dios; y tal esperanza nunca les avergonzaría.(Ro. 5:2,5; 8:16; 1 Jn. 2:3; 3:14,18,19,24; 5:13; 2P. 1:10)

2. Esta certeza no es una mera persuasión conjetural y probable, fundada en una esperanza falible, sino que es una seguridad infalible de fe basada en la sangre y la justicia de Cristo revelada en el evangelio ; ( Ro. 5:2,5; He. 6:11,19,20; 1 Jn. 3:2,14; 4:16; 5:13,19,20; He.6.17,18 ) y también en la evidencia interna de aquellas virtudes del Espíritu a las cuales se les hacen promesas, ( He. 7:22; 10:14,19) y en el testimonio del Espíritu de adopción testificando con nuestro espíritu que somos hijos de Dios; (Mt. 3:7-10; Mr. 1:15; 2 P. 1:4-11; 1 Jn. 2:3; 3:14,18,19,24; 5:13) y, como fruto suyo, mantiene el corazón humilde y santo. (Ro. 8:15,16; 1 Co. 2:12; Gá. 4:6,7; 1 Jn. 3:1-3).

3. Esta seguridad infalible no pertenece a la esencia de la fe hasta tal punto que un verdadero creyente no pueda esperar mucho tiempo y luchar con muchas dificultades antes de ser partícipe de tal seguridad; (Hch. 16:30-34; 1 Jn. 5:13) sin embargo, siendo capacitado por el Espíritu para conocer las cosas que le son dadas gratuitamente por Dios, puede alcanzarla, (Ro. 8:l5,16;l Co. 2:12;Gá.4:4-6; 3.2; 1Jn.4:13;Ef.3:17-19;He. 6:11,12; 2 P. 1:5-11) sin una revelación extraordinaria, por el uso adecuado de los medios; y por eso es el deber de cada uno ser diligente para hacer firme su llamamiento y elección; para que así su corazón se ensanche en la paz y en el gozo en el Espíritu Santo, en amor y gratitud a Dios, y en fuerza y alegría en los deberes de la obediencia, que son los frutos propios de esta seguridad: así está de lejos esta seguridad de inducir a los hombres a la disolución. (2P 1:10; Sal. 119:32; Ro.15:13; Neh. 8:10; 1 Jn. 4:19,16; Ro.6:1, 2,11-13; 14:17; Tit. 2:11-14; Ef.5:18).

4. La seguridad de la salvación de los verdaderos creyentes puede ser, de diversas maneras, zarandeada, disminuida e interrumpida; como por la negligencia en conservarla, (He. 6:11,12;2P. 1:5-11) por caer en algún pecado especial que hiera la conciencia y contriste al Espíritu, (Sal. 51:8,12,14; Ef. 4:30) por alguna tentación repentina o vehemente, (Sal. 30:7; 31:22; 77:7,8; 116:11) por retirarles Dios la luz de su rostro, permitiendo, aun a los que le temen, que caminen en tinieblas, y no tengan luz; (Is. 50:10 5. 1 Jn. 3:9; Lc. 22:32; Ro. 8:15,16; Gá. 4.5) sin embargo, nunca quedan destituidos de la simiente de Dios, y de la vida de fe, de aquel amor de Cristo y de los hermanos, de aquella sinceridad de corazón y conciencia del deber, por los cuales, mediante la operación del Espíritu, esta seguridad puede ser revivida con el tiempo; y por los cuales, mientras tanto, los verdaderos creyentes son preservados de caer en total desesperación. (Sal. 42:5,11).

 

Capítulo 19: La ley de Dios

1. Dios dio a Adán una ley de obediencia universal escrita en su corazón, (Gn. 1:27; Ec. 7:29; Ro. 2:12a, 14,15) y un precepto en particular de no comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal; (Gn. 2:16,17) por lo cual le obligó a él y a toda su posteridad a una obediencia personal completa, exacta y perpetua; prometió la vida por su cumplimiento de la ley, y amenazó con la muerte su infracción; y le dotó también del poder y la capacidad para guardarla. (Ro.10:5; Gá. 3:10,12).

2. La misma ley que primeramente fue escrita en el corazón del hombre continuó siendo una regla perfecta de justicia después de la Caida; (Para el Cuarto Mandamiento, Gn. 2:3; Ex. 16.23; Gn. 7:4; 8:10,12; para el Quinto Mandamiento, Gn. 37:10; para el Sexto Mandamiento, Gn. 4:3-15; para el Séptimo Mandamiento, Gn. 12:17; para el Octavo Mandamiento, Gn. 31:30; 44:8; para el Noveno Mandamiento, Gn. 27:12; para el Décimo Mandamiento, Gn. 6:2; 13:10,11) y fue dada por Dios en el monte Sinaí, (Ro. 2:12a, 14,15) en diez mandamientos, y escrita en dos tablas; los cuatro primeros mandamientos contienen nuestros deberes para con Dios, y los otros seis, nuestros deberes para con los hombres. (Ex. 32:15,16; 34:4,28; Dt. 10:4).

3. Además de esta ley, comúnmente llamada ley moral, agradó a Dios dar al pueblo de Israel leyes ceremoniales que contenían varias ordenanzas típicas; en parte de adoración, prefigurando a Cristo, sus virtudes, acciones, sufrimientos y beneficios; (He. 10:1; Col. 2:16,17) y en parte proponiendo diversas instrucciones sobre los deberes morales.(1 Co. 5:7; 2 Co. 6:17; Jud. 23)Todas aquellas leyes ceremoniales, habiendo sido prescritas solamente hasta el tiempo de reformar las cosas, han sido abrogadas y quitadas por Jesucristo, el verdadero Mesías y único legislador, quien file investido con poder por parte del Padre para ese fin. (Col.2:14,16,17; Ef. 2:14-16).

4. Dios también les dio a los israelitas diversas leyes civiles, que expiraron juntamente con el Estado de aquel pueblo, no obligando ahora a ningún otro en virtud de aquella institución; (Lc. 21:20-24; Hch. 6:13,14; He. 9:18,19 con 8:7,13; 9:10; 10:1)solamente sus principios de equidad son utilizables en la actualidad. (1 Co.5:1; 9:8-10).

5. La ley moral obliga para siempre a todos, tanto a los justificados como a los demás, a que se la obedezca; (Mt. 19:16-22; Ro. 2:14,15; 3:19,20; 6:14; 7:6; 8:3; 1 Ti. 1:8-11; Ro. 13:8-10; 1 Co. 7:19 con Gá. 5:6; 6:15; Ef. 4:25-6:4; Stg. 2:11,12) y esto no sólo en consideración a su contenido, sino también con respecto a la autoridad de Dios, el Creador, quien la dio. (Stg. 2:10,11) Tampoco Cristo, en el evangelio, en ninguna manera cancela esta obligación sino que la refuerza considerablemente. (Mt. 5:17-19; Ro. 3:31; 1 Co. 9:21; Stg. 2:8).

6. Aunque los verdaderos creyentes no están bajo la ley como pacto de obras para ser por ella justificados o condenados (Ro. 6.14; Ga. 2.16;Ro. 8.1;10.4), sin embargo ésta es de gran utilidad tanto para ellos como para otros, en que como regla de vida les informa de la voluntad de Dios y de sus deberes, les dirige y obliga a andar en conformidad con ella, les revela también la pecaminosa contaminación de sus naturalezas, corazones y vidas; de tal manera que, al examinarse a la luz de ella, puedan llegar a una convicción más profunda de su pecado, a sentir humillación por él y odio contra él; (Ro. 3.20; 7.7) junto con una visión más clara de la necesidad que tienen de Cristo, y de la perfección de su obediencia. También la ley moral es útil para los regenerados a fin de restringir su corrupción, en cuanto que prohíbe el pecado; y sus amenazas sirven para mostrar lo que aun sus pecados merecen, y qué aflicciones pueden esperar por ellos en esta vida, aun cuando estén libres de la maldición y el puro rigor de la ley. Asimismo sus promesas manifiestan a los regenerados que Dios aprueba la obediencia y cuáles son las bendiciones que pueden esperar por el cumplimiento de la misma, aunque no como si la ley se lo debiera como pacto de obras; de manera que si alguien hace lo bueno y se abstiene de hacer lo malo porque la ley le manda lo uno y le prohíbe lo otro, no por ello se demuestra que esté bajo la ley y no bajo la gracia. (Ro. 6.12-14).

7. Los usos de la ley ya mencionados no son contrarios a la gracia del Evangelio, sino que concuerdan armoniosamente con el; (Ga. 3.21) el Espíritu de Cristo subyuga y capacita la voluntad del hombre para que haga alegre y voluntariamente lo que requiere la voluntad de Dios, revelada en la ley (Ez. 36.27).

 

Capítulo 20: El evangelio y el alcance de su gracia

1. Habiendo sido quebrantado el pacto de obras por el pecado y habiéndose vuelto inútil para dar vida, agradó a Dios dar la promesa de Cristo, la simiente de la mujer, como el medio para llamar a los elegidos, y engendrar en ellos la fe y el arrepentimiento. En esta promesa, el evangelio, en cuanto a su sustancia, fue revelado, y es en ella eficaz para la conversión y salvación de los pecadores. (Gn. 3:15 con Ef.2:12; Gá. 4:4; He. 11:13; Lc. 2:25,38; 23:51; Ro. 4:13-16; Gá. 3:15-22).

2. Esta promesa de Cristo, y la salvación por medio de Él, es revelada solamente por la Palabra de Dios. (Hch. 4:12; Ro. 10:13-15) Tampoco las obras de la creación o la providencia, con la luz de la naturaleza, revelan a Cristo, o la gracia que es por medio de Él, ni siquiera en forma general u oscura; (Sal. 19; Ro. 1:18-23) mucho menos hacen que los hombres destituidos de la revelación de Él por la promesa, o evangelio, sean capacitados así para alcanzar la fe salvadora o el arrepentimiento.(Ro. 2:12a; Mt. 28:18-20; Lc. 24:46,47 con Hch. 17:29,30; Ro. 3:9-20).

3. La revelación del evangelio a los pecadores (hecha en diversos tiempos y distintas partes, con la adición de promesas y preceptos para la obediencia requerida en aquél, en cuanto a las naciones y personas a quienes es concedido), es meramente por la voluntad soberana y el beneplácito de Dios; (Mt. 11:20) no apropiándosela en virtud de promesa alguna referida al buen Liso de las capacidades naturales de los hombres, ni en virtud de la luz común recibida aparte de él, lo cual nadie hizo jamás ni puede hacer. (Ro. 3:10-12; 8:7,8) Por tanto, en todas las épocas, la predicación del evangelio ha sido concedida a personas y naciones, en cuanto a su extensión o restricción, con gran variedad, según el consejo de la voluntad de Dios.

4. Aunque el evangelio es el único medio externo para revelar a Cristo y la gracia salvadora, y es, como tal, completamente suficiente para este fin, (Ro. 1:16,17) sin embargo, para que los hombres que están muertos en sus delitos puedan nacer de nuevo, ser vivificados o regenerados, es además necesaria una obra eficaz e invencible del Espíritu Santo en toda el alma, con el fin de producir en ellos una nueva vida espiritual; sin ésta, ningún otro medio puede efectuar su conversión a Dios. (Jn. 6:44; 1 Co. 1.2; 2:14; 2 Co. 4:4,6).

 

Capítulo 21: La libertad cristiana y la libertad de conciencia

1. La libertad que Cristo ha comprado para los creyentes bajo el evangelio consiste en su libertad de la culpa del pecado, de la ira condenatoria de Dios y de la severidad y maldición de la ley, (Jn 3:36; Ro. 8:33; Gá. 3:13) y en ser librados de este presente siglo malo, de la servidumbre de Satanás y del dominio del pecado, (Gá. 1:4; Ef. 2:1-3; Col. 1:13; Hch. 26:18; Ro 6:14-18; 8:3)del mal de las aflicciones, del temor y aguijón de la muerte, de la victoria del sepulcro y de la condenación eterna,(Ro. 8:28; 1 Co. 15:54-57; 1 Ts. 1:10; He. 2:14,15) y también consiste en su libre acceso a Dios, y en rendirle obediencia a Él, no por temor servil, sino con un amor filial y una mente dispuesta.(Ef. 2:18; 3:12; Ro. 8:15; 1 Jn. 4:18) Todo esto era sustancialmente común también a los creyentes bajo la ley; (Sal. 19:7-9, 19:14; Ro. 4:5-11; Gá. 3:9; He. 11:27,33,34) pero bajo el Nuevo Testamento la libertad de los cristianos se ensancha mucho mas porque están libres del yugo de la ley ceremonial a que estaba sujeta la Iglesia judaica, y tienen ahora mayor confianza para acercarse al trono de gracia, y experiencias más plenas del libre Espíritu de Dios que aquellas de las que participaron generalmente los creyentes bajo la ley. (He. 1:1,2a., 7:19,22; 8:6; 9:23; 11:40; Gá.2:11ss.; 4:1-3; Col. 2:16,17; He. 10:19; 21; Jn. 7:38,39).

2. Sólo Dios es el Señor de la conciencia, (Stg. 4:12; Ro. 14:4; Gá.5:1) y la ha hecho libre de las doctrinas y los mandamientos de los hombres que sean en alguna manera contrarios a su Palabra o que no estén contenidos en ésta. (Hch. 4:19; 5:29; 1 Co. 7 23; Mt. 15:9) Así que, creer tales doctrinas u obedecer tales mandamientos por causa de la conciencia es traicionar la verdadera libertad de conciencia, (Col. 2:20,22,23; Gá. 1:10; 2:3-5; 5.1) y el requerir una fe implícita y una obediencia ciega y absoluta es destruir la libertad de conciencia y también la razón. (Ro. 10:17; 14:23; Hch. 17:11; 1 Co. 3:5; 2 Co. 1:24).

3. Aquellos que bajo el pretexto de la libertad cristiana practican cualquier pecado o abrigan cualquier concupiscencia, al pervertir así el propósito principal de la gracia del evangelio para su propia destrucción, (Ro. 6:1,2) destruyen completamente, por tanto, el propósito de la libertad cristiana, que consiste en que, siendo librados de las manos de todos nuestros enemigos, sirvamos al Señor sin temor, en santidad y justicia delante de Él, todos los días de nuestra vida. (Lc 1.74, 75; Ro. 14:9; Gá. 5:13; 2 P. 2 18,21).

 

Capítulo 22: La adoración religiosa y el Día de Reposo

1. La luz de la naturaleza muestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo; es justo, bueno y hace bien a todos; y que, por tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído, y servido con toda el alma, con todo el corazón y con todas las fuerzas. (Jer. 10:7; Mr. 12:33) Pero el modo aceptable de adorar al verdadero Dios está instituido por él mismo, y está de tal manera limitado por su propia voluntad revelada que no se debe adorar a Dios conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres o a las sugerencias de Satanás, ni bajo ninguna representación visible o en ningún otro modo no prescrito en las Santas Escrituras. (Gn. 4:1-5; Ex. 20:4-6; Mt. 15:3, 8, 9; 2 R. 16:10-18; Lv. 10:1-3; Dt 17.3, 4.2, 12.29-32; Jos. 1:7; 23:8; Mt 15:13; Col. 2:2~23; 2 Ti. 3:15-17).

2. La adoración religiosa ha de tributarse a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y a Él solamente; (Mt 4:9,10; Jn. 5:23; 2 Co. 13:14) no a los ángeles, ni a los santos, ni a ninguna otra criatura; (Ro. 1:25; Col. 2:18; Ap. 19:10) y desde la Caída, no sin un mediador; ni por la mediación de ningún otro, sino solamente de Cristo. (Jn. 14:6; Ef. 2:18; Col. 3:17; 1 Ti. 2:5).

3. Siendo la oración, con acción de gracias, una parte de la adoración natural, la exige Dios de todos los hombres. (Sal. 95:1-7; 100:1-5) Pero para que pueda ser aceptada, debe hacerse en el nombre del Hijo, (Jn. 14:13,14) con la ayuda del Espíritu (Ro. 8:26), conforme a su voluntad, (1 Jn.5:14) con entendimiento, reverencia, humildad, fervor, fe, amor y perseverancia; (Sal. 47:7; Ec. 5:4,2; He. 12:28; Gn. 18:27; Stg. 5:16; 1:6,7; Mr. 11:24; Mt. 6:12,14,15; Col. 4:2; Ef. 6:18) y cuando se hace con otros, en una lengua conocida.(1 Co. 14:13-19,27,28).

4. La oración ha de hacerse por cosas lícitas, y a favor de toda clase de personas vivas, o que vivirán más adelante; (Jn. 5:14; 1 Ti. 2:1,2; Jn. 17:20) pero no a favor de los muertos ni de aquellos de quienes se pueda saber que han cometido el pecado de muerte. (2 S.12:21-23; Lc. 16:25,26; Ap.14:13; 1 Jn. 5:16).

5. La lectura de las Escrituras, (Hch. 15:21; 1 Ti. 4:13; Ap. 1:3) la predicación y la audición de la Palabra de Dios, (2Ti.4:2; Lc.8:18) la instrucción y la amonestación los unos a los otros por medio de salmos, himnos y cantos espirituales, el cantar con gracia en el corazón al Señor, (Col. 3:16; Ef. 5:19) como también la administración del bautismo (Mt. 28:19, 20) y la Cena del Señor: (1Co.11:26) todas estas cosas son arte de la adoración religiosa a Dios que ha de realizarse en obediencia a con entendimiento, fe, reverencia y temor piadoso; además, la humillación solemne, (Est 4:16; Jl. 2:12; Mt. 9:15; Hch. 13:2,3; 1 Co. 7:5) con ayunos, y las acciones de gracia en ocasiones especiales, han de usarse de una manera santa y piadosa. (Ex. 15:1-19; Sal. 107).

6. Ahora, bajo el evangelio, ni la oración ni ninguna otra parte de la adoración religiosa están limitadas a un lugar, ni son más aceptables por el lugar en que se realizan, o hacia el cual se dirigen; (Jn. 4:21) sino que Dios ha de ser adorado en todas partes en espíritu y en verdad; (Mal. 1:11; 1 Ti. 2:8; Jn. 4:23,24) tanto en cada familia en particular (Dt. 6:6,7; Job 1:5; 1 P. 3:7)diariamente, (Mt.6:11) como cada uno en secreto por sí solo; (Mt. 6:6) así como de una manera más solemne en las reuniones públicas, (Sal. 84:1,2,10; Mt. 18:20; 1 Co. 3:16; 14:25; Ef. 2:21,22) las cuales no han de descuidarse ni abandonarse voluntariamente o por negligencia, cuando Dios por su Palabra o providencia nos llama a ellas. (Hch. 2:42; He. 10:25).

7. Así como es la ley de la naturaleza que, en general, una proporción de tiempo, por designio de Dios se dedique a la adoración de Dios, así en su Palabra, por un mandamiento positivo, moral y perpetuo que obliga a todos los hombres en todas las épocas, Dios ha señalado particularmente un día de cada siete como día de reposo, para que sea guardado santo para Él; (Gn. 2:3; Ex. 20:8-11; Mr. 2:27,28; Ap. 1:10) el cual desde el principio del mundo hasta la resurrección de Cristo fue el último día de la semana y desde la resurrección de Cristo fue cambiado al primer día de la semana, que es llamado el Día del Señor y debe ser perpetuado hasta el fin del mundo como el día de reposo cristiano, siendo abolida la observancia del último día de la semana. (Jn. 20:1; Hch. 2:1; 20:7; 1 Co. 16:1; Ap. 1:10; Col. 2:16,17).

8. El día de reposo se guarda santo para el Señor cuando los hombres, después de la debida preparación de su corazón y arreglados de antemano todos sus asuntos cotidianos, no solamente observan un santo descanso durante todo el día de sus propias labores, palabras y pensamientos (Ex. 20:8-11; Neh. 13:15-22; Is. 58:13,14; Ap. 1:10) acerca de sus ocupaciones y diversiones seculares; sino que también se dedican todo el tiempo al ejercicio público y privado de la adoración de Dios, y a los deberes de necesidad y de misericordia. (Mt. 12:1-13; Mr. 2:27,28).

 

Capítulo 23: Juramentos legales y votos

1. Un juramento licito es una parte de la adoración religiosa por el cual el jurador, teniendo en vista la verdad, la justicia y el juicio, solemnemente pone a Dios como testigo de lo que jura, (Ex 20:7; Dt. 10:20; Jer. 4:2) y para que le juzgue conforme a la verdad o la falsedad de sus palabras. (2Cr. 6:22,23).

2. Sólo en el nombre de Dios deben jurar los hombres, y este nombre ha de usarse con todo temor santo y con reverencia. Por lo tanto, jurar vana o temerariamente en ese nombre glorioso y terrible, o definitivamente jurar por cualquiera otra cosa, es pecaminoso y debe aborrecerse. (Mt. 5:34,37; Stg.5:12) Sin embargo, en asuntos de peso y de importancia, cuando la verdad requiere una confirmación y para poner fin a la contienda, un juramento está justificado por la palabra de Dios; (He. 6:16; 2Cor.1:23) por eso, cuando una autoridad legítima exija un juramento legal para tales asuntos, este juramento debe hacerse. (Neh. 13:25).

3. Todo aquel que hace un juramento de acuerdo a la palabra de Dios debe considerar seriamente la gravedad de un acto tan solemne, y por lo tanto no afirmar nada que no sepa sea verdad, porque por medio de juramentos falsos y vacíos el Señor es provocado y por razón de ello la tierra es traída a miserias. (Lv. 19:12; Jer. 23:10).

4. Un juramento debe hacerse en el sentido claro y común de las palabras, sin equivocación o reservas mentales. (Sal. 24:4; Sal 76:11; Gn. 28:20-22).

5. Los votos han de ser hechos a Dios solamente y no a una criatura. Una vez hechos han de ser llevados a cabo escrupulosamente y fielmente. (Sal. 76.11; Gn. 28.20-22) Pero votos monásticos de vida soltera perpetua, (1Co. 7:2,9) pobreza profesada (Ef. 4:28) y obediencia regular que pertenecen a la iglesia de Roma, en lugar de representar santidad superior son meramente supersticiones y trampas pecaminosas en las cuales ningún cristiano debería enredarse. (Mt. 19:11).