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  Autor: Noble Vater, Pastor, IBBPR

 

Getsemaní y la tristeza de Jesús

 

"Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tan­to que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo, Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad con­migo". Mateo 26:36-38

EL LUGAR
Getsemaní – el significado de la palabra es "prensa para exprimir aceite" (véase los léxicos de Thayer y Friberg, e Imágenes Verbales en el Nuevo Testamento de A. T. Robertson). Así como las aceitunas son exprimidas para sacar el aceite precioso, de igual forma el Señor Jesús comenzó a sentir el peso de la culpa y pena que culminaron en su muerte para que el aceite del Espí­ritu Santo llegara y fluyera a través de todos los miembros de su cuerpo.

Getsemaní – un huerto. Era muy dis­tinto al huerto de Edén, pero era un huerto no obstante (Juan 18:1). En aquel primer huerto (de Edén) todo se tornó desértico, pero en este huerto el Señor empezó a sufrir aquellos dolo­res de parto que resultaron en la libe­ración de la creación esclavizada (Ro­manos 8:18-23).

Fue a ese lugar que el Cristo acudió en la noche que fue entregado. Solía ir allí (Juan 18:2) y no cambió de propósito aunque sabía que Judas vendría. Fue a ese sitio solitario en el cual los árboles y piedras, cielos y tierra habían oído su voz antes. Entonces, en esa última visita éstos fueron testigos de los sucesos de aquella noche. Pero, no fueron éstos los únicos presentes.

SUS COMPAÑEROS
Había también tres de los apóstoles de Jesús. ¿Por qué los llevó consigo? Dice el texto: para quedarse y velar con El. Luego les advirtió, "Velad y orad, para que no entréis en tentación" (versículo 41). Aunque su compañía le era grata, no obstante, estaba pensando en ellos más que en sí mismo. Por gracia los escogió para que estuvieran allí. En nada merecieron estar con Él, porque hacía poco que Juan y Jacobo querían ser grandes en el reino y mediante su madre habían pedido ese favor (Mateo 20:20ss; Marcos 10:35ss), que provocó una discusión entre todos los discípulos. Y ya el Señor había dicho que Pedro iba a negarle. Pero quiso que estuvieran con Él, para el bien de ellos y como testigos de los sucesos. Luego en su vida esta bondad del Señor hacia ellos debió haber tenido un efecto muy saludable.

SU CONFESIÓN
Las palabras que les dijo nos asombran, "Mi alma está muy triste, hasta la muerte". Isaías profetizó que sería lla­mado "Varón de dolores". Sin embargo, frecuentemente leemos del gozo del Señor, aun en las últimas horas que estaba entre ellos (véase Juan 15:11). Si bien sentía los dolores de otros, nunca antes se sintió tan triste como ahora, con una tristeza hasta la muerte.

No podemos comprender la profundi­dad de esa tristeza. Está más allá de nuestro poder. Sin embargo, podemos aprender varias lecciones valiosas de esta confesión de nuestro Señor.

REVELA SU HONESTIDAD Y PUREZA TRANSPARENTE
El Señor Jesús expresa exactamente sus sentimientos. No huye de la realidad, no trata de esconderse. La sombra del Gólgota está pasando sobre su alma. La hora de tinieblas ha llegado. Está mi­rando a la muerte cara a cara. Pero no se porta como un necio, riéndose o haciendo otra cosa para evitar la realidad de la muerte que estaba delante de Él y la justicia de su Padre celestial.

¡Cuántos demuestran la falta del Espí­ritu de Cristo en su contemplación de la realidad de la muerte! La amenaza constante de la muerte debe llenar de temor y tristeza a todo aquel que no es discípulo genuino de Cristo Jesús. Pero, en vez de enfrentar la realidad de la culpa del pecado y sus consecuencias, trata de escapar de los sentimientos opre­sivos y comienza a comportarse como si aquellas cosas no existieran. Algunos aparentan alegría—bromean, se ríen, gozan de las fiestas mundanas. Otros persiguen los placeres—borracheras; eventos deportivos; películas cinemato­gráficas y programas de televisión, la lectura y muchas otras cosas, de modo que no tengan que pensar en la realidad y sentir en su alma el espanto de una vida lejos de Dios. Otros se dedican al trabajo con la ambición de acaparar bienes materiales; otros a drogas y el alcohol. Pero todos tienen esto en común: no se han enfrentado a la realidad, dándose cuenta de su culpa, rebelión, inmundicia y la condenación e ira di­vina (Juan 3:18, 36). Si pudieran ver la muerte que está delante de ellos y el juicio y la ira de Dios, entonces se entristecerían, se angustiarían y dirían algo muy parecido a las palabras de Cristo: "Mi alma está muy triste hasta la muerte". Así habló él al sentir las consecuencias de llevar la culpa de su pueblo.

Aquel que es llamado eficazmente por el Espíritu Santo percibe "la miseri­cordia de Dios en Cristo”, y “con dolor y odio de sus pecados se convierte de ellos a Dios, con plena determinación de alcanzar una nueva obediencia". Este es el arrepentimiento. A la vez que el pecador oye ese llamamiento, recibe al Señor Jesucristo como Éste se ofrece en el evangelio, confiando en El en toda la gloria de su persona y en toda la perfección de su obra para ser salvo de los pecados y de sus consecuencias.

Oh lector, ¿qué sabe usted de esto? No se engañe por los vendedores de un evangelio superficial y sintético que no llega a la realidad horrible. Mire al Señor y oiga estas palabras.

ESTA CONFESIÓN REVELA LOS EFECTOS HORRIBLES DEL PECADO
¿Qué pudiera haber causado al Hijo de Dios tanta tristeza y angustia? Vivía en comunión plena con el Padre celestial lleno del Espíritu Santo y su fruto de amor, gozo y paz. Al ver a otros sufrir tuvo compasión. Pero esta vez no vemos a nadie cerca que despertó su compasión. ¿Quizás se siente triste por la traición de Judas? No. No puede ser, porque se exultó cuando salió, "Ahora es el Hijo del Hombre glorificado".

Dios creó a Adán para vida y aun en sus hijos caídos y condenados por la ley hay el deseo de vivir. La muerte no es natural, sino es la consecuencia del pecado. Jesús frecuentemente llamó a sí mismo el Hijo del Hombre, es humano, y por lo general la muerte no es algo al cual el ser hu­mano le da la bienvenida. Creemos que hay instintos naturales (o sea, creados por Dios) en los hombres, como el instinto de vivir, de cuidar y preservar la vida. Se supone que Adán y Eva tenían tales instintos antes de pecar. Como humano hubiera sido inhumano, no natural para Jesús enfrentar la muerte como si no fuera nada. Sin tomar en cuenta el asunto del pecado, podemos entender su tristeza.

Pero tenemos que tomar en cuenta de pecado, porque la muerte es consecuencia del pecado. Jesús es hombre, pero también es Dios. Nunca pecó. No debe sufrir la pena de una ley que nunca violó. Pero, en el plan divino, Él aceptó venir y ocupar el lugar de aquellos que el Padre le dio. Así que la culpa de los pecados de otros fue transferida al Cordero de Dios y tuvo que padecer la pena conforme al compromiso hecho voluntariamente con el Padre. En Getsemaní sintió esa carga horrible, la cul­pa de los pecados de su pueblo y ve la cruz. Su alma estaba triste, muy triste, porque sabía que iba a morir y que iba a morir como una persona condenada por la ley de Dios. Iba a gustar la ira de Dios tanto que a la larga clamara, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

SE VE EL AMOR DEL HIJO DE DIOS
Si no estaba angustiado por sus propios pecados entonces fue por los pecados de otros. Sufrió mucho debido a los pe­cados de injusticia hechos contra El por los judíos y romanos. Pero, mucho más que eso, como dice Isaías, "Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a pade­cimiento" (Isaías 53:10). Sólo su amor para con los pecadores le condujo a Getsemaní y su angustia. Sólo porque "no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse...se despojó a sí mismo y se humilló hasta la muerte..." (Filipenses 2:6-8).

Si olvido del Getsemaní, 

Tu sufrimiento agudo allí, 

Y tu divino amor por mí, 

Cristo, hazme ver tu cruz.

LA HUMANIDAD DEL SUMO SACERDOTE
Sólo Dios hecho carne pudo hablar así. Gran consolación es al pueblo del Señor tener un Sumo Sacerdote que se compadece. Aun cuando tengamos la cer­teza del perdón de nuestros pecados, nos sentimos tristes al pecar. ¿Cómo puede aquel que no pecó compade­cerse? Porque hubo una vez que sintió en sí mismo los efectos del pecado y se angustió. Aquel que restauró a Pedro, y fue delante de sus ovejas dispersas a Galilea, y se manifestó a los discípu­los que se escandalizaron de El esa noche, ese mismo Señor conoce nues­tra condición. En toda nuestra angustia, El es angustiado (Juan 21:15-19; Mateo 26:31, 32; Juan 20:19, 26; 21:1; Sal­mo 103:14; Isaías 63:9).

ESTAS PALABRAS NOS MUESTRAN PORQUE JESÚS ORO
Estando angustiado, el Señor oró. Antes dijimos que muchos hacen todo menos enfrentarse a la realidad. No oran. Si bien dicen, "Ay, Dios mío", no oran. Y de los pocos que pretenden orar, siempre hay aquellos que sólo se inte­resan en librarse de las consecuencias de su maldad pero no lamentan su maldad en sí. Se sienten mal porque están su­friendo, pero vuelven a lo mismo, o volverían a lo mismo si pudieran hacer­lo sin sufrir. Hacen votos, pero ¿cuán­tos cumplen? ¿Ora usted? "Velad y orad, para que no entréis en tentación" son las palabras del Señor a sus discí­pulos.

Ahora, usted que lee esto, ¿ha visto cuan feo y horrible es el pecado? Mire a Cristo Jesús entristecido y angustiado hasta que usted comprenda por la gra­cia de Dios lo horrible del pecado y la angustia eterna que justamente pade­cerá si muere en sus pecados. Si Cristo temió la ira y condenación divina, ¿no temerá usted? Entonces si usted no se ha convertido a Dios, clame por misericordia, oiga su invitación y mandato: "Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él miseri­cordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar" (Isaías 55:7).

 

Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad.Fipenses 4:8

  Autor: Noble Vater, Pastor, IBBPR

 

Esfuérzate y sé muy valiente 

 

Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó (Josué 1:7).

En el primer capítulo de este libro de Josué leemos las instrucciones que el Señor dio a ese hombre escogido para conquistar y repartir la tierra prometi­da. Tres veces el Señor usa la frase "esforzarse y ser valiente". La primera vez dice, "Nadie te podrá hacer frente...estaré contigo...Esfuérzate y sé valiente? porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra..." (1:5, 6). Es decir, mirando a las guerras que les eran inevitables, Josué tenía que esforzarse. Luego dijo también, "Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas" (1:9), es decir, en las campañas de guerra y frente a las cosas que pueden causar el temor o el desmayo.

Entre estos dos versículos se encuentran las palabras que encabezan lo que hemos escrito. En ellas hay añadida una palabra pequeña, pero importante e instructiva. "Esfuérzate y sé muy valiente", dice el Señor, y en este caso no estaba hablando de hacer guerras, sino de guardar la ley—toda la ley. Para guerrear era necesario esforzarse y ser valiente, pero para obedecer al Señor en todo era necesario tener aun más valentía. "Sé muy valiente", dijo el Señor.

En esto hay una ilustración de una verdad que se nota con frecuencia en la Biblia. Esa verdad es que una persona necesita más poder y valentía para obedecer al Señor en todo lo que nos manda, que para pelear contra personas más grandes y numerosas en una guerra.

El apóstol Pedro sacó una espada contra la compañía de soldados y alguaciles que vinieron para prender a Jesús, pero poco después frente unas pocas personas una criada le infundió miedo preguntándole si era un discípulo de Jesús, y dijo que no, negando a su Señor.

¿Cuántos hombres como Sansón, Saúl y David han hecho grandes hazañas pero se han visto como niños débiles frente a la tentación de desobedecer? Los siervos de Naamán tenían razón al decir que su señor hubiera hecho grandes obras si el profeta Eliseo hubiera exigido tal cosa, pero no quiso obedecer el mandato fácil de sumergirse siete veces en el rió Jordán.

Muchas veces el temor al hombre es la causa del abandono del camino ordenado por Dios. Sabiendo la perversidad del corazón de los israelitas, no pudiera haber sido fácil para Josué cumplir con toda la ley. Buena cosa es que no había elecciones en Israel, o Josué hubiera sufrido una fuerte tentación si hubiera querido permanecer como líder. Aun sabiendo que el Señor estaba con él, Josué tenía que esforzarse y ser muy valiente para obedecer.

El Señor Jesucristo nos ha advertido que no temamos a los hombres (Mateo 10:28). El Apocalipsis dice que los cobardes tendrán su lugar en el lago de fuego y azufre, que es la muerte segunda (21:8). "El temor del hombre pondrá lazo" (Proverbios 29:25).

Las personas que no temen a Dios hacen mucho para obligar a todos a vivir conforme a sus normas y valores. Persiguen a todos los que les señalan su deber hacia el Creador. Los persiguen con todo el furor que Dios les permite (porque el Señor controla mucha maldad por su gracia común). Nadie puede, con su fuerza natural, hacer frente a tal opresión. Los que Dios ha redimido por la muerte expiatoria de Jesucristo, son regenerados por su Espíritu, reconocen su debilidad carnal y natural y con el salmista claman, "Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre; me oprime combatiéndome cada día. Todo el día mis enemigos me pisotean; porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia".

Ese salmista continuó, "En el día que temo, yo en ti confío. En Dios alabaré su palabra; en Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?" Esta pregunta señala lo que Jesucristo enseña, eso es, que el hombre sólo puede matar el cuerpo, pero los que temen a Dios dicen también con el salmista, "Has librado mi alma de la muerte, y mis pies de caída, para que ande delante de Dios en la luz de los que viven". (Véase el Salmo 56.)

Si miramos a los hombres y escuchamos sus amenazas, desmayaremos. Sólo por la gracia que nos capacita para atender sus promesas y nos llena de confianza podemos esforzarnos y ser valientes. La promesa que El estará con nosotros debe animarnos de modo que sigamos al Señor Jesucristo, el cual siempre agradó al Padre celestial y no buscó la aprobación humana.

Hay muchos en este mundo que creen ser valientes, porque pelean con cualquier o se atreven a jugar con su vida haciendo locuras. Pero, se mofan de los religiosos que siguen sus convicciones y soportan con paciencia el escarnio de los malhechores. Estos que, aparentemente, no temen nada, no quieren sentir esa clase de oposición, y por lo general no pueden soportar tanta oposición como los cristianos perseguidos por su fe. Pero todos deben reconocer que los únicos que el todopoderoso Dios llama valientes son aquellos que en Cristo Jesús vencen el mundo y sus sistemas anticristianos, por medio de la fe en verdad que la Biblia presenta y el poder del Espíritu Santo. Esta es la valentía de aquellos que oyen la voz de Jesucristo y le siguen (Juan 10:27), negándose a sí mismos, dominando a su propio espíritu mientras que anden con gozo en el camino de los mandamientos del Señor. Estos son más fuertes que el que toma una ciudad (véase Proverbios 16:32).

 

  Autor: Noble Vater, Pastor, IBBPR

REFLEXIONES

 

Caminos inescrutables

 

Esta frase es parte de una exclamación de alabanza con la cual Pablo termina una sección de la epístola a los cris­tianos en Roma. La sección (Romanos 9-11) encierra verdades profundas, al­gunas de las cuales desafían exitosa­mente la razón humana.  Aun el mismo Pablo no podía explicar algunos he­chos. Por ejemplo, después de afirmar de Dios en Romanos 9:18 “que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”, Pablo anticipó una objeción: "Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque, ¿quién ha resistido su voluntad?" El gran apóstol no ofrece respuesta alguna que satisfaga la razón humana. No se esfuerza por contestar estas preguntas, mostrando cómo Dios puede inculpar a la vez que hace su voluntad irresistiblemente. Porque Pablo ya había aseverado que nadie resiste la voluntad de Dios (Romanos 9:6-18), y también había afirmado que Dios condena a los malhechores (véase Romanos 1:18 hasta 3:18). En vez de demostrar que la objeción no tiene fundamento él dice que nadie tiene el derecho de hacer tal pregunta a Dios: "Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que al­terques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" (Romanos 9:20, 21).

Con razón el apóstol alaba a Dios en palabras exaltadas como éstas: "¡Cuán insondables son sus juicios, e inescru­tables sus caminos!" (Romanos 11:33)

Duele el espíritu de aquellos que ad­miran, aman y adoran a Dios al ver cuan pocos alaban a Dios como Pablo. ¿No se debe esto al hecho que muchos no han visto los juicios insondables y los caminos inescrutables del Señor? 

¿Por qué no ven los caminos inescru­tables? Muchos quieren razonar todo y aceptar sólo lo que su razón puede pro­fundizar. La doctrina de la Trinidad es un ejemplo común. No tiene sentido para la mente humana creer que hay un solo Dios y que este Dios existe en tres personas. Claro está que la Biblia afirma (1) que hay un solo Dios; también (2) que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; y además (3) se ve que el Padre no es el Hijo, y el Espíritu Santo es distinto del Padre e Hijo. Hay abundancia de pruebas y desde los días apostólicos la Iglesia de los fieles siempre ha defendido estas verdades. Por eso adoramos al Señor, Dios en tres personas.

Pero, como estos hechos no parecen razonables a los seres humanos (y no tienen una explicación que la mente humana pueda comprender), por lo tanto dicen que esta enseñanza no puede ser así, de modo que algunos (“tri-teístas”) creen que hay tres dioses y son un Dios sólo en el sentido que quieren lo mismo, están de acuerdo en todo, son infinitos, perfectos, etcétera.

Otros niegan la personalidad del Padre, Hijo y Espíritu y dicen que son “modos” o maneras de ser (como Juan del Pueblo es obrero, marido y ciudadano). Estos son los que creen en "Jesús sola­mente". (Un nombre popular para esta creencia es “sabelianismo” por el nombre del hombre conocido por haber promovido esta idea equivocada.)

Los llamados Testigos de Jehová representan los arrianos de antaño, los que fueron derrotados por Atanasio en los debates con ellos. Los llamados Testigos de Jehová abogan que toda la Pala­bra de Dios es lógica y razonable según las normas humanas, y por consiguiente estos presentan su explicación "lógica" de Dios, apoyada por sus propias conclusiones basadas en algunos versículos, mientras que pasan por alto o tuercen muchos otros ver­sículos. Mientras que los "testigos" di­cen que Cristo es creado por Dios, y es un dios, hay otros que simplemente dicen que Jesús era un hombre nada más y que el Espíritu Santo es una influencia divina.

¿Qué tienen todos estos en común? Todos se apoyan en la lógica, en los razonamientos y rehúsan creer lo que no pueden explicar en una manera que satisface a su propia “lógica”. Los de ellos que profesan creer la Biblia, la maltratan partiendo de la premisa: todo lo que hay en la Biblia debe tener sentido a nosotros; luego: la doctrina de la Trinidad no tiene sentido; conclusión: la doctrina de la Trinidad es falsa. Así que estos que siguen a sus propias premisas falsas no pueden adorar a Dios excla­mando: "¡Cuan inescrutables son sus caminos!"  “¿Descubrirás tú los secre­tos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?" (Job 11:7)

Las Escrituras nos advierten que los pensamientos del Señor son más altos que los nuestros, como los cielos son más altos que la tierra (Isaías 55:8, 9). Nos dicen que los hombres "se envane­cieron en sus razonamientos...profe­sando ser sabios se hicieron necios..." (Romanos 1:21, 22). La misión del apóstol Pablo fue "llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo" (2 Corintios 10:5). Pero el hombre quiere retener su autonomía mental y no pensar de acuerdo a los pensa­mientos de Dios. Con todo esto, "La sabiduría clama en las calles, alza su voz en las plazas... ¿Hasta cuando, oh simples, amaréis la simpleza, y los bur­ladores desearán el burlar, y los insen­satos aborrecerán la ciencia?" (Pro­verbios 1:20, 22).

En nuestros sermones y escritos usted oirá y leerá enseñanzas bíblicas que aplastan los razonamientos humanos. ¿Someterá su intelecto y pensamientos a los de Dios? ¿Estará usted contento en adorar a Dios con Pablo y como Pablo? O, ¿estará como aquellos que, leyendo las cosas difíciles las tuercen? (2 Pedro 3:15, 16). O como los judíos ¿dejará al verdadero Cristo para buscar a uno imaginario? (Juan 6:65, 66). No podemos explicar todo, pero lo que está escrito tan clara­mente, no lo cuestionamos. "Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?". 

 

 

Que el obispo sea irreprensible 

 

Esta exigencia encabeza la lista de los requisitos pasto­rales. El concepto es abarcador. El Señor exige esto de todos sus hijos (Filipenses 2:15), pero el obispo tiene que demostrar esta cualidad en eminencia. Tiene que ser irreprensible. De otro modo no puede ser un supervisor del pueblo del Señor. (Obispo significa uno que vela y cuida. Los obispos son pastores y ancianos también y viceversa. Véase Hechos 20:17, 28; 1 Pedro 5:1-4).

El problema de pastores que carecen de las cualidades morales es grave. Oírnos constantemente de pastores que fornican o cometen adulterio; otros no gobiernan bien sus casas. Hay aquellos desho­nestos en su conducta, en sus negocios, y podríamos continuar hasta que el alma amante de Dios estaría grandemente entristecida. El celo por la casa de Dios nos consume y decimos, 'Oh Señor, ven a su templo y purifícalo".

Esta situación se debe a varias causas. Entre ellas está la confusión existente en la mayoría de las iglesias. P.e., las iglesias confunden el aumento de miembros con la evangelización y conversión. Para ellas los ministros que logran resultados son los llamados del Señor y por eso no examinan sus calificaciones morales sino más bien su poder de administrar, de atraer a la gente y hacer “crecer” la iglesia. Junto con esto, hay una confusión entre la mucha actividad y envolvimiento con los programas de la iglesia y la verdadera santidad y adoración. Los que no son convertidos en realidad pueden participar en toda actividad eclesiástica, pero no pueden llevar el fruto del Espí­ritu que es la verdadera santidad. Por eso tampoco pueden adorar de veras porque no tienen un corazón limpio delante de Dios.

Como resultado de esta confusión, ya hace mucho tiempo que las iglesias están llenas de gente que no pueden soportar sana enseñanza que se opone la conducta reprensible. Como muchos miembros no son irreprensibles ni quieren serlo así, no les importa tener un pastor irreprensible. Por supuesto, muchos no quieren a un adúltero ni a un ladrón, pero el que no es fiel en lo poco, no es fiel en lo mucho. Y las iglesias prefieren a un pastor un poco reprensible antes que a uno irreprensible.

Ahora bien, el lector quizás está preguntándose, ¿y qué pretende éste? ¿Cree que el pastor tiene que ser perfecto? Las Escrituras dicen que todos tenemos que ser perfectos como Dios es perfecto (Mateo 5:48; 1 Pedro 1:15, 16). También declaran que el que dice no tener pecado es mentiroso (1 Juan 1:8-10). Ser irre­prensible no quiere decir que el cristiano nunca peca, pero que no ama y practica el pecado. No tiene algún pecado favorito que consiente y protege. Y no hay nadie que en justicia pueda decir que éste me ha hecho mal y no ha pedido perdón; no ha hecho restitución.

Tenemos que dar gracias al Señor que en estos días hay muchos que otra vez han visto verdades que por ser suprimidas han causado tanta confusión y decadencia en la casa del Señor. Han visto como antes de la fundación del mundo Dios escogió un pueblo para sí para que fuese santo y sin mancha (Efesios 1:4). Ese pueblo fue rescatado por Jesucristo el Hijo. Murió por ellos para que no vivieran para sí sino para El (2 Corintios 5:14, 15). El Espíritu Santo, por medio de la verdad, da vida a esos escogidos y los santifica (2 Tesalonicenses 2:13, 14).

Pero junto con aquellos que han visto estas verdades y han sentido el poder de ellas de modo que quieren honrar al Señor en todo, hay aquellos que todavía siguen los caminos de confusión. Tomando refugio en las doctrinas de la gracia soberana, viven desordenadamente y traen mal nombre sobre nosotros los que anhe­lamos conformarnos a la Palabra del Señor.

Conocemos a algunos predicadores de la gracia soberana que se han divorciado sin causa bíblica y se han casado con otra (a veces también con una divorciada sin causa bíblica). Estos no piensan en lo reprensible de su conducta sino que siguen adelante sin poder alguno para dirigir los casados y las familias en los caminos de justicia por amor del nombre divino, porque su ejemplo hace vacías sus palabras.

Hay otros que están endeudados y que hacen poco o nada para pagar sus deudas, o que utilizan el dinero que deben a otros en cosas innecesarias en vez de limpiar su nombre ante todos. Otros con mal genio e impaciencia traen reproche sobre sí. El anhelo nuestro es que el Señor purifique las iglesias y que ponga en ellas pastores conforme a su corazón.

Mientras tanto, con humildad y reconociendo que sólo Dios puede mantenernos irreprensibles, tenemos que desasociar nuestros nombres de aquellos que no son irreprensibles y que siguen pasto­reando sin las calificaciones debidas.

 

  Autor: Noble Vater, Pastor, IBBPR

  Autor: Noble Vater, Pastor, IBBPR

 

La preeminencia del evangelio 

 

En 1982 Banner of Truth Trust (Estandarte de la Verdad) publicó en inglés un libro por Iain Murray sobre los primeros 40 años de la vida del Dr. Martyn Lloyd-Jones, un médico brillante quien dejó esa carrera para predicar el evangelio. Su predicación fue bien recibida. Comenzó sus trabajos en un lugar en Gales donde la situación era difícil. De vez en cuando viajó a muchos otros pueblos y predicó a multitudes.

Lo que destacó su ministerio era una lealtad a las Sagradas Escrituras como la palabra divina, inspirada, autoritativa e infalible, y una insistencia constante en la preeminencia del evangelio, en el sentido que lo que el hombre necesita más que cualquier otra cosa es oírlo y creerlo, con la vida nueva que esto incluye.

Por eso rehusó involucrarse en programas sociales, aunque señaló que los cristianos tenemos que amar y cuidar los unos de los otros, y la iglesia en la cual comenzó a ejercer el ministerio ilustraba ese amor. Pero no vio otra cosa que pudiera dar esperanza al hombre como el evangelio, ni algo que en manera alguna pudiera compararse con la experiencia de nacer de nuevo y pertenecer al reino de Dios.

¿Fue correcta la actitud de ese hombre? ¿Hizo bien en no involucrarse en reformas socio-políticas o socio-económicas? Creemos que sí. ¿Por qué? Porque en primer lugar el evangelio pone la relación del hombre con su Creador por encima de cualquier cosa. La obra de Cristo se presenta como el dar libertad de la culpa del pecado y de la corrupción a aquellos que le fueron dados por el Padre. Dijo Jesús, "He descendido del cielo...para hacer...la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero" (Juan 6:38, 39).

Las bendiciones espirituales en los lugares celestiales en Cristo son el tema del cántico cristiano (no las bendiciones materiales en lugares terrenales). ¿Cuáles son esas bendiciones? Son la elección divina para que fuésemos santos, la predestinación para ser adoptados hijos de Dios, la aceptación en Cristo, la 

redención en su sangre, el perdón de pecados, el conocimiento del misterio de su voluntad (todo el pueblo de Dios es uno en Cristo), el heredar en Cristo, el creer en El y ser sellado por el Espíritu Santo. (Véase Efesios 1:3-14).

Los que reciben estas bendiciones siguen a Cristo, dando muerte a las obras de la carne. Jesucristo no era reformador político. El dio su ley a su pueblo escogido y siempre hizo una distinción marcada entre los suyos y los otros. Su gran interés era su reino y no los reinos de este mundo. Lucas 6:27-36 ilustra la distinción entre sus discípulos y los enemigos y pecadores. Mateo 6:33, "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas" (alimento y ropa, las necesidades de la vida) "os serán añadidas". "La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee". "¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma (vida)?" "El que quiera salvar su vida (alma), la perderá" (Lucas 12:15; Mateo 16:25, 26).

En el segundo lugar, muchas reformas vienen cuando el evangelio prevalece por la gracia divina. Los hombres y mujeres que nacen de nuevo, son luz y sal, haciendo el bien.

Es importante que proclamemos el evangelio únicamente, sin diluir el mensaje, sin cambiarlo y sin prostituirlo para apoyar cualquier sistema o reforma social, económica o política de los hombres de este mundo que definen la vida en términos de la abundancia de lo que uno posee. Los que estamos en el reino de Dios tenemos la ley de ese reino. La tarea principal nuestra en cuanto a este mundo se refiere es la de proclamar a otros el evangelio del reino y esperar que el soberano Dios los haga entrar allí por el nuevo nacimiento, porque no hay otra manera de entrar (Juan 3:3, 5).

Esto no quiere decir que el cristiano no tiene una responsabilidad cívica. Hay que dar "a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios" (Mateo 22:21). Hay que seguir las instrucciones de Romanos 13; 1 Pedro 2:17 y 1 Timoteo 2:1-4, obedeciendo, honrando a las autoridades civiles, orando también por ellas, pero sin olvidar que "lo que es de Dios" es lo primero. Si hay conflicto entre lo que Dios exige y lo que el hombre exige, tenemos que obedecer a Dios (Hechos 5:29).

Aunque la ley de Cristo para sus discípulos no es, ni puede ser, la ley para los gobernantes en su capacidad oficial (porque si fuera así los criminales llegarían a ser los gobernantes ya que nadie podría tocarlos para castigarlos porque la ley a sus discípulos en Mateo 5:39 dice, "no resistáis al que es malo..."), eso no quiere decir que no haya ley para los gobernantes, ni que no haya una palabra divina que debemos proclamar a ellos. El Salmo 2 habla del reino del Mesías y en el leemos, "Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira". Cada autoridad tiene que cumplir su función como representante de la justicia de Dios sobre la tierra, cuidando de su área de responsabilidad conforme a la ley moral de Dios.

Tenemos el derecho y aun el deber de señalar eso a los gobernantes y decirles con respeto y mansedumbre que tienen que dar cuenta a Aquel que da el dominio a quien El quiere. Sin embargo, la tarea principal de la iglesia es glorificar a Dios en todo lo que ha revelado en su palabra y sufrir con el Hijo, siguiendo el ejemplo de El en todo. La tarea principal no es lidiar con los gobernantes más que otros. De hecho, una característica importante del ministerio de Cristo fue su predicación a los pobres.

Que no olvidemos estas cosas, que mantengamos la preeminencia del evangelio aunque seamos llamados pietistas o traidores o traficantes en "el opio del pueblo" (como algunos llaman la religión) o por cualquier otro nombre de reproche que utilicen los que no quieren honrar al Cristo. "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo", dijo Jesucristo (Mateo 5:11).

El Editorial Peregrino ha traducido muchos de los libros de Lloyd-Jones a español. También Estandarte de la Verdad y otros editoriales han publicado traducciones de sus obras. Algunos de sus libros disponibles son: La cruz, Sermones evangelísticos, Etc., etc.

 

 

La suficiencia de las Escrituras

 

¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido. Isaías 8:20.

El problema de profetas falsos es uno que ha existido desde el día en que la serpiente mintió a Eva y exis­tirá hasta que Cristo venga para des­truir al inicuo "que se sienta en el templo de Dios como Dios, hacién­dose pasar por Dios" (2 Tes 2:4). (El lector debe acordar­se, o verificar con una concordan­cia, que en los escritos de Pablo, la frase "el templo de Dios" siempre se refiere a la iglesia.)

En los días de Isaías existían aquellos que consul­taban a adivinos y encantadores. Frente a estos, el Señor señaló que hay una sola fuente de información tocante a la fe y el modo de actuar de su pueblo, y esa es su santa pala­bra, llamada aquí la ley (expresando su voluntad que debemos hacer) y el testimonio (expresando su volun­tad que debemos creer).

Si los profetas falsos fueran siem­pre adivinos, encantadores, o siervos de otros dioses, el problema no sería tan peligroso. Pero muchas veces los profetas falsos se encuentran entre el pueblo del Señor, haciendo su obra en el nombre del Señor Jesu­cristo (como lo hacían en los tiempos del antiguo pacto en el nombre del SEÑOR (YHWH/ “Jehová”). De esto el Señor ha dado aviso claro en su palabra: "Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre...?" A los cuales El de­clarará, "Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad", Ma­teo 7:22, 23. Pablo advirtió a los ancianos de Éfeso, "De vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arras­trar tras sí a los discípulos", Hechos 20:30. Asimismo, después de des­cribir su ministerio y lo que es la verdadera profecía (2 Pedro 1:1,2, 13-21) Pedro dijo: "Hubo también falsos profetas entre el pueblo" (eso es, Israel) "corno habrá entre voso­tros falsos maestros", 2 Pedro 2:1.

Lo que hizo a Pedro cambiar de "falsos profetas" entre el pueblo para hablar de "falsos maestros" entre el pueblo del nuevo pacto es importante, porque los profetas no caracterizan la época del nuevo pac­to. El Señor Jesucristo puso los após­toles y profetas en el fundamento de la iglesia (Efesios 2:20). Siempre se observa este orden en la revela­ción de la palabra: apóstoles, pro­fetas, maestros (1 Corintios 12:28, 29; Efesios 2:20; 3:5; 4:11 que po­ne "evangelistas" entre profetas y los "pastores y maestros"; Apoca­lipsis 18:20). Junto con los apóstoles, los profetas tienen un lugar único en la iglesia, un lugar en el fundamento y no en el edificio colocado encima del fundamento. Este lugar único se nota por la conexión señalada en Efesios 2:20; 3:5 y Apocalipsis 18: 20, además del orden estricto de primero apóstoles, segundo profetas (1 Corintios 12:28, 29; Efesios 4: 11). Por lo tanto, la persona que afirma que todavía hay profetas está poniéndose en desafío de la palabra de Dios y destruyendo el orden di­vino. El que asevera que hay pro­fetas tendría igual razón si aseverara (como hacen los católicos romanos) que hay apóstoles también, o una sucesión apostólica.

Volviendo a lo que dice Isaías por el mismo Espíritu del Mesías (véase Isaías 8:18 y Hebreos 2:13), esto tiene mucho que ver con todo este asunto. Aprendemos que la pa­labra de Dios es suficiente para todo lo que se hace (ley) y se cree (testi­monio); y también aprendemos que tenemos una norma para juzgar cual­quier reclamación o enseñanza pro­puesta por una persona cualquiera.

Esta enseñanza de la suficiencia de la palabra divina aparece en mu­chas partes de la Biblia, pero espe­cialmente en el Nuevo Testamento. Ahí leemos que el Señor Jesucristo dijo a sus apóstoles: "Todas las co­sas que oí de mi Padre, os las he da­do a conocer", Juan 15:15. El es la verdad; todos los tesoros de la sa­biduría y toda la plenitud de Dios moran en El (Colosenses 1:19; 2:3, 9). El prometió a los apóstoles: "Cuando venga el Espíritu de ver­dad, él os guiará a toda la verdad". "El Consolador, el Espíritu Santo... él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he di­cho", Juan 16:13; 14:26.

Por eso Pablo pudo decir: "No he rehuido anunciaros todo el con­sejo de Dios" y "nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseña­ros", Hechos 20:27, 20. Y Judas proclamó "que contendáis ardien­temente por la fe que ha sido una vez dada a los santos", Judas 3. (La palabra griega hapax traducida "una vez" significa una vez y no más, y eso se ve en Hebreos 9:26; 10:10; 7:27; et al. hablando de la muerte única del Señor.) Pablo ex­hortó: "Vestíos de toda la armadura de Dios" incluyendo "la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios", Efesios 6:11, 17. Sería imposible poner toda la armadura si falta toda­vía revelación divina.

De importancia especial es 2 Ti­moteo 3:16, 17: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para en­señar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, en­teramente preparado para toda bue­na obra". Si Dios comunica todavía lo que debemos hacer o creer entonces Pablo estaba bien equivoca­do, un mentiroso, porque hace falta de algo más que las Escrituras para que seamos perfectos y enteramen­te preparados para toda buena obra.

Por eso tenemos que rechazar la re­clamación de cualquiera que dice tener un mensaje de Dios tocante la fe y la conducta basada en ella que no procede de las Escrituras. Tenemos que colocarnos con los santos del pasado, con los reformadores y con los que han luchado gritando, " ¡So­la Escritura!" Frente a esta amena­za tenemos que confesar nuevamen­te lo que confesaban antes las igle­sias bautistas y reformadas: "La en­tera revelación de Dios de las cosas esenciales a su gloria y a la salvación, fe y vida de los hombres está ex­plícitamente declarada o implícita­mente revelada en las Escrituras… ya que la forma en que Dios an­teriormente manifestaba su volun­tad ha cesado, las Santas Escrituras son absolutamente esenciales para el hombre" (Confesión de Fe Bautista de 1689).

Es casi inútil examinar las prác­ticas y los mensajes de los que su­puestamente vienen con mensajes de lo alto, porque si una persona no cree en lo que el Señor dice to­cante la suficiencia de su palabra, tampoco creerá en otras cosas que la Biblia enseña, ya que no cree en la suficiencia de la Biblia. Si tuerce una parte de la Biblia, torcerá otra parte. El que se equivoca en la doc­trina de las Escrituras, se equivocará en muchas otras cosas de la fe y la práctica. Aunque Pedro dijo que la profecía de Joel fue cumplido en el día de Pentecostés, estos no lo creen, sino que esperan que nosotros crea­mos que lo que caracterizó la ve­nida del Espíritu todavía caracteriza su obra continua; pero las Escrituras enseñan lo contrario.

En muchos casos ha habido una esclavi­tud de la conciencia humana por medio de llamadas revelaciones y mensajes de Dios, que no salen de la Biblia sino del espíritu humano. Los débiles e indoctos, personas sinceras a las que les falta conocimiento, han vi­vido oprimidos, mientras que los que no quieren hacer la voluntad de Dios conforme a las Escrituras hallan re­fugio en la creencia de que hay reve­laciones extra-bíblicas y las esperan en vez de seguir lo que está escrito.

Reconocemos también que hay personas que, con razón, rechazan los llamado profetas y sus mensajes, pero, sin razón, no quieren someterse a la ley a al testimonio de Dios sino a sus propias ideas y preferencias, o a las ideas de otros que apoyan los deseos y sentimientos de su propia carne. ¡Oh que todos pudieran ver la libertad que viene por medio de la verdad! (Juan 8:32; 17:17). Dice el Señor, "El que me ama, mi palabra guardará"

Escrito por Noble Vater y publicado originalmente en la Revista Heraldo de Gracia, número 4 de 1981. Revisado 23 de julio de 2009

 

  Autor: Noble Vater, Pastor, IBBPR